Acaba la perversión adulta y llegan la ternura y la ilusión

En 1836, Mariano José de Larra publicaba “El día de difuntos de 1836“. 180 años (y un día) atrás, se publicaba en el diario El Español -el de aquella época- este artículo de corte liberal en medio de una guerra civil entre las Españas moderna y tradicionalista. Más allá de estos matices políticos, que también podrían dar materia de escritura hoy, es interesante la base costumbrista que tenía aquel texto. La tradición de visitar a los parientes y antepasados en su última morada terrenal.

Sin embargo, los tiempos cambian.  “El Día de Difuntos”, conocido como “de todos los Santos” sigue siendo una festividad. Seguramente habrá fieles seguidores de la tradición. Aún así, hay otra gente que toma la festividad como descanso laboral. Y no significa, a priori, un sentimiento u otro religioso. Es posible que muchos lo tomen como una oportunidad de estar con sus seres queridos. Sobre todo cuando estos son pequeños y revoltosos.

La nueva tradición, no escrita pero bastante practicada, consiste también en salir del hogar y hacer una visita. Al centro comercial. Algún filósofo habrá que defina este espacio como la necrópolis occidental contemporánea. No obstante, el Plaza Norte 2 de San Sebastián de los Reyes tenía mucha vida. Todos los negocios estaban abiertos, soportados por el esfuerzo titánico de esa gente que para llevar pan a casa renuncia muchas veces al significado que la RAE registra en “fiesta”.

 

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CC-By Enrique Gil

 

¿Ha puesto usted la televisión estos días? ¿Ha probado a ver los anuncios, especialmente en cadenas infantiles? Si no lo ha hecho, no habrá notado un curioso incremento de la publicidad del sector del entretenimiento infantil. Se le hubiesen llenado las retinas de muñecas, juegos de mesa, figuras y demás. Tal vez este extraño fenómeno tenga algo que ver con que la mayoría de los presentes en el gran local de comercios franquiciados fuesen criaturitas de no más de dos palmos. De tres, como mucho.

La juguetería del centro era el núcleo de todo. Mientras otras tiendas estaban vacías o tenían un día tranquilo, el local de “Poly” se encontraba más concurrido que la media de días que uno pueda haber estado. Tampoco era la fecha fuerte, se podía estar allí sin agobio.

Una tienda de juguetes puede ser exasperante o el mejor sitio del mundo. Exasperante y aburrida si te pasas simplemente media hora sin ningún interés. Una maravilla si pierdes la mirada entre todos los jueguillos y vas de un lado a otro. Esta última opción requiere de una gran habilidad. La llaman inocencia. Es muy fácil de adquirir, de hecho, viene de fábrica dentro de todos nosotros. Pero no tiene garantía, si se pierde, no cabe opción de recuperarla.

Ahora bien, aún puede ser partícipe de la ilusión de estar allí, si lleva al guía adecuado. Como el niño de ricitos, que estaba con sus padres mirando maquetas de coches, y se llevaba en un carrito tres cajas de “Clicks”, como se llamaron en su momento. Debía haberse portado muy bien. También estaba una chiquilla que iba con su madre viendo peluches. Le explicaba, con frases cortas y sencillas para que se enterase, que el de la derecha era la mascota de tal princesa, mientras que el de su lado era de la de otro cuento.

En este ecosistema se observó la presencia de otros especímenes. No eran poseedores de inocencia, pero tampoco llevaban a un guía competente de acompañante. En su lugar, se movían en parejas o tríos. Los rara avis contemplaban los juguetes, pero no veían objetos fantásticos, sino artículos de compra. Sopesaban las ventajas de invertir en ese momento o esperar unas semanas, basándose en precios y en gustos de consumidores. Todo calculado al milímetro. Pero más frío que el invierno que ya asoma.

Pero eran especímenes minoritarios. Más si sumásemos las demás almas puras que había fuera, concentradas en lugares de juegos dentro del centro comercial. Aquellas que saben que viene una época mágica en el calendario. Aquellas que son ajenas a sus razones, que ni se paran a pensar en el origen del encanto de las próximas fechas, pues ni les preocupa. Anteayer, tras liberar a los monstruos y brujas de nuestra sociedad, quedó libre el camino para estas almas inalteradas y sin superfluidades.

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